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Ya el hecho de plantear esta especie de disyuntiva es un síntoma de que la sociedad no va precisamente a todo trapo en materia social-evolutiva. Definitivamente todas las distopías que tengan que ver con la extinción de la raza humana por motivos ligados a mantener una vida placentera y sin preocupaciones pronto dejarán de ser distopías. Antes de nada aviso, ya podéis desempolvar el kit de «quema al hereje», es decir, la antorcha, el tridente, rastrillo o herramienta del campo más mortífera que tengáis a mano, y por supuesto, a calentar la hoguera, porque este asunto, se trate como se trate, enfadará a unos o a otros considerando como está el patio hoy.

Un último avisa para navegantes. Un abrazo y mi total apoyo a quienes quieren tener hijos y por lo que se no lo consiguen porque tiene que ser un proceso un tanto frustrante. Lo que expondré a partir de aquí no va con vosotros, pero podéis leer igualmente. Será cuanto menos entretenido.

Contexto, para empezar. Todo viene de este post de Twitter / X. Entra en el enlace si quieres ver el mundo arder porque a alguien se le ocurrió decir que con 37 años está orgullosa de tener su piso impoluto y puede viajar cuatro veces al año gracias a haber decidido no tener hijos sobre todo si se compara con su amiga que va siempre apurada y está estresada y a veces de mal humor porque no le da la vida con los churumbeles y el resto de cosas que atender. Ya con este titular, los ríos de sangre están garantizados pienses lo que pienses. Más contexto, para quien no lo sepa. Tengo hijos y no tenemos comodines de esos tipo papá, mamá, hermanos, cuñados, abuelos o la nany (para los más pudientes). Esto implica que en casa hay ahora mismo tantos adultos como niños y hay que currar, atender a la chavalada y sus compromisos académicos o sociales, hacer compra, mantener la casa y el resto de cosas que debe hacer todo hijo de vecino, lo cual no es sencillo sobre todo en la etapa de bebés. No nos engañemos.

Ahora un poco de historia reciente, que nos olvidamos muchas veces de que estamos aquí porque antes ha habido gente que ha engendrado o incluso ha dado su vida por alguna causa noble y ahora hay quien solo llora cuando su equipo de futbol pierde el domingo. Cuando era niño, hubo una temporada en la que algunos de mis primos dieron el paso de casarse. Tendrían veintitantos, algo que hoy serían treinta y muchos o incluso los cuarenta y pocos. Nada de photo call, nada de coreografías en la iglesias, ni de el sinfín de pijadas que hoy se hacen en las bodas, porque en estos tiempos es muy importante dejar claro que todo es espléndido y maravilloso desde el minuto uno. En estas bodas había un señor y una señora con un piano tocando clasicazos de antaño mientras en las mesas alargadas del restaurante de turno los tíos, primos y demás familia se fumaban un puro mientras la Comtessa se derretía y la mitad estaban ya mamados como piojos y con el estómago a reventar de cigalas, solomillo y merluza. Todo el mundo intuía que después del bodorrio pronto nos veríamos las caras de nuevo en la iglesia para el bautizo del primer churumbel. Casi era como una regla no escrita que tras encontrar a la persona indicada, tocaba embarcarse en la aventura de tener chavales, porque, aunque suene a algo arcaico, declarar ante el santísimo que uno asume un compromiso de vida con otra persona casi que de manera tácita se sabe que no es solo para ir cada año a lugares más exóticos del planeta y tomar cañas con los colegas los fines de semana. Creo que se entiende la idea.

Si, si, ya me puedo imaginar lo que muchos pensarán en este punto para justificar que ahora sea un poco más tortuoso el camino de ser padres y trabajar. «Ya, pero antes podía trabajar uno de los dos y se podía sacar adelante a uno o dos chavales sin problemas», o cosas del estilo. A esto diré que antes la gente curraba para ahorrar y terminaba con su piso en propiedad (porque casi se consideraba un deber tener algo en propiedad) y ya pensando en la casita de la playa o en cualquier otra inversión, y con treinta y tantos, que hoy es la edad a la que muchos se piensan si salir de casa de papá y mamá, antes muchas familias ya tenían el kit completo. El tema dinero no creo que sea algo tan restrictivo salvo casos puntuales. Además, hoy tiramos el dinero en chorradas. Hay gente en nuestro país que vienen de otros lugares y que claramente gana menos que el español medio y tienen los hijos que haga falta. Nuestra cultura nos ha llevado a pensar que debemos tener unas condiciones perfectas para tener familia. Un contrato laboral sellado de por vida, casa, coche y dos perros. Creo que el asunto es que tenemos un tanto atrofiado el sentido del ahorro y el sacrificio, y todo va enfocado el hedonismo más absoluto.

Creo que hay dos enfoques interesantes en esta especie de dilema. Uno es el factor «deber evolutivo«, que entiendo como el pensamiento de que si estamos aquí es porque alguien nos engendró, y a esa persona la engendró otra, y así hasta el origen de todo, y parece lógico que perpetuar la especie sea una motivación legítima o incluso un deber. Los hijos, como muchas otras cosas, si se piensa demasiado, nunca los tendríamos, pero si se decide tenerlos no es precisamente porque nos traguemos las idílicas imágenes de los anuncios de pañales o de comida para bebés, que son todo mentira. Esas casas están impolutas, amigos, y tanto orden no es compatible con niños pequeños. Se tienen porque en nuestra mente (o en la mía), la idea de ver como una persona pasa por todas sus etapas sabiendo que lleva algo mío en sus genes, poder escucharle, ayudarle, o incluso discutir por 1000 cosas es algo es algo que sin duda merece la pena y de paso hace crecer como persona, creyendo además que de algún modo, nuestra descendencia hará mejor algunas cosas que nosotros no hemos podido hacer del todo bien.

El otro punto, que ya no es el evolutivo es el tema de la «comodidad» o la decisión de no atarse a un mocoso al que hay que cambiarle pañales porque eso es mucho trabajo y no podría ver la temporada 5 de Stranger Things como Dios manda. Para compensar, muchos de este grupo después volcarán toda su energía (o su vida entera) en llegar a ser director o socio de la compañía y echar una partidita de golf el sábado con su manager. Supongo que todos al final volcamos nuestra energía en algún proyecto que funciona como propósito en la vida. No tener nada absolutamente en qué mantener la atención es casi como vivir como las albahacas que tengo en la cocina. Siendo sincero, ahora mismo, por mucho que en momentos puntuales me apetezca aparecer en una isla desierta para tener un poco de tiempo, por muy crispado que termine a veces, y por mucho que sepa que no es bueno estar volcado en un único propósito, no se me ocurre nada más de qué preocuparme por encima de los chavales.

Dado que he pasado tres décadas de mi vida no siendo padre y casi los últimos 10 en el otro lado, puedo opinar con conocimiento de causa. Los niños efectivamente dan mucho trabajo, sobre todo sin comodines. Es muy complicado el equilibrio casa-pareja-familia política-atender a los chavales, y no digamos ya meter en la ecuación tener tiempo libre. Pero ahora valoro todo mil veces más que antes. Media hora para hacer lo que quiera es gloria. Poder volver a hacer ejercicio, un sueño hecho realidad. Todo se siente como haber perdido un sentido y haberlo recuperado después de una larga temporada. Tener hijos no es solo algo que se enseña en el colegio (los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren), ni solamente un deber como especie, sino que es la prueba definitiva. Superar esta fase en el siglo XXI es casi no tenerle miedo a nada después, además de ser algo transformador. No sería quien soy ahora mismo de no haber sido padre porque enseñar a otro enseña todavía más a uno mismo. También diré que es un proceso que fuerza al límite los engranajes de la relación de pareja y de la cordura mental de uno mismo, con que es casi natural tener cierto respeto por este viaje que sin duda, y salga como salga todo después, creo que siempre merece la pena.

En fin, no quería llegar a este punto pero no queda otra, y aprovecho para enlazar esta última idea. En la vida no dejamos de hacer muchas cosas no porque simplemente prioricemos nuestra tranquilidad y tener el piso impecable, sino porque tenemos miedo a tomar ciertos desvíos. Tener hijos es algo que por supuesto impone, pero en cuanto se corta el cordón umbilical (ahora hablo en sentido literal, con tijera), por alguna estrategia biológica que no puedo explicar, todo se disipa. Las cosas que dan miedo son las que primero hay que atajar de frente y sin mirar atrás. Y no quiero excusas de «para traer al mundo a alguien y que sufra…» porque todos podemos ser muy imaginativos para justificar nuestras decisiones. Lo pondré de esta manera: Ya hoy en día está garantizado un colapso del sistema de pensiones por la baja natalidad. Lo que ocurre es que no somos capaces de ver más allá de nuestras necesidades inmediatas escapando de las incomodidades. Si no nacen niños, como decía antes, nuestra población será reemplazada por otra, y quizás los hijos de gente a la que apreciamos terminen viviendo en un país de mierda y por supuesto no tendrán pensiones el día de mañana. Toda la estabilidad de la que disfrutamos es consecuencia directa de una estructura demográfica que se ha conformado (redobles) trayendo gente al mundo que terminarían por convertirse en gente productiva.

Después de estas últimas palabras, el pensamiento puede ser: «Ya, pero entonces hay que ser padres solo para mantener un sistema». Y la respuesta es que no es solo por eso. Todo va ligado. Se tienen hijos porque son el resultado de un proyecto de vida con alguien y a la larga es algo que aporta mucho. No se tienen hijos para que nos cuiden el día de mañana. Eso es pensar egoístamente. Se tienen para que un día salten del nido y al verlos volar nos sintamos bien por ellos y por nosotros mismos, y cuando crezcan y si todo ha ido bien, podremos comer pizza y beber cerveza con ellos, o al menos esa es mi idea. Una idea tan simple como espléndida.

Dos cosas para terminar. La primera es comentar que si hoy se hacen estos debates, algo que no sucedía cuando mis primos se casaban en la iglesia y comíamos en restaurantes modestos pero lo pasábamos estupendamente, es porque culturalmente se ha implantado la idea de que la paternidad / maternidad es una lacra porque es un sacrificio. Incluso se llega a pintar negativamente el modelo de la familia tradicional. Esto es una corriente peligrosa porque nos está convirtiendo en individuos que solo buscan la satisfacción inmediata y escapan de cualquier cosa que implique un mínimo de compromiso, no vaya a ser. ¿La plataforma de streaming? Me doy de baja y ya. ¿El piso? No pasa nada, es de alquiler y me piro cuando quiera. Todo se reduce al iPhone, el portátil y el perro o gato. Los compromisos también son positivos. Pueden restringir pero también nos hacen duros y a la vez flexibles como un bambú, algo que hoy es muy pero que muy necesario.

La segunda es un mensaje para quienes se vanaglorian de su piso impecable y sus múltiples viajes y al mismo tiempo critican a quienes deciden hacer aquello para lo que fuimos biológicamente diseñados. Si habéis tomado la decisión de seguir el camino sin descendencia, ojalá no llegue el día en el que os arrepintáis. Me costó un tiempo decidirme, pero hoy no cambiaría nada a pesar de estar casi siempre con la lengua fuera (aunque cada vez menos). Una casa con pequeños no está pulcra. El suelo está siempre lleno de cochecitos, muñecos de todo tipo o SuperZings. No hay tiempo de limpiar el polvo. A veces quedan platos sin recoger en la cocina, y un sinfín de aspectos poco compatibles con los fanáticos de tener su casa como las fotos que salen en la portada de la revista «El mueble». A cambio, las vacaciones sin ser en lugares alejadísimos y exóticos, se ven de otra manera. Las Navidades son si o si una fiesta. Hay una vidilla que solo se puede experimentar teniendo a enanos corriendo por casa, y es en esos momentos en los que uno a veces se olvida de regañarlos porque estén de fiesta y dando saltos, porque estas situaciones luego no volverán nunca más. Creo que es una fase que como he dicho, da respeto, pero pasando por el campo de batalla manteniendo un mínimo de dignidad física y mental evitando la conversión en nuestros propios padres o madres, nada será imposible después, y la sensación de sentarse en un banco y ver como nuestras versiones en miniatura empiezan a hacer cosas por sí mismos no tiene precio.

Después de esta disertación, ¿Se puede decir que tengo pensamientos negativos hacia quienes han decidido no tener que cambiar pañales pudiendo hacerlo? Obviamente no. Conozco gente que ha tomado ese camino y no le tuerzo la cara a nadie. Me sorprende sin embargo cómo la mentalidad ha cambiado tanto en las últimas décadas. Los números no mienten y la descompensación está ahí. Quizás ahora contamos con demasiadas comodidades o estilos de vida que no queremos perder por nada ni por nadie. Quizás ahora que todos somos tan iguales, todos debemos tener una intachable e ininterrumpida carrera profesional ascendente, algo bastante incompatible con la crianza saludable. Luego te miran mal, te echan y esas cosas. Pues cada uno puede naturalmente elegir lo que le plazca. Las salidas al parque o al festival. Guarde o garito de copas. Nadie está obligado. Ahora, pensemos que sucede si baja más la natalidad. A ver quién mantiene el tinglado funcionando. Eh, pero quienes vacilan y quieren demonizar el tener hijos, a vosotros, que os den morcilla.

Feliz fin de semana (a todos).

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