Hoy hace un año que estoy trabajando para mi actual empresa. Como la mayoría venís de LinkedIn, allí podéis ver cuál es si os pica la curiosidad. Si reviso los lugares en los que he estado, me doy cuenta de que en un puñado de ellos, cerca de los dos años después de empezar, ya estaba saltando a otro sitio. ¿Las causas? Pues consideraba que el salario no era el adecuado, o la gestión del proyecto era un auténtico sinsentido, o trabajaba para alguien que no encajaría conmigo ni en un millón de años. Esto significa que aunque ahora sea muy selectivo para muchas cosas, siempre lo he sido en relación al lugar en el que empleo cuarenta horas semanales de mi tiempo. Al menos lo veo así hora, porque por mucho tiempo pensé que tenía problemas de adaptación y que debería aprender a amoldarme, ya que en caso contrario sería un horror tirar fichas o estudiar las recibidas cada cierto tiempo y pensar a dónde ir a continuación. Hoy no me arrepiento de nada de lo que hice. Creo que caminando por el ecosistema laboral español pensaba que todo sería igual por muy lejos que me fuese. Pero estaba claramente equivocado.
Hasta hace un año, quitando participaciones puntuales en proyectos fuera de España, todo estaba impregnado para lo bueno y lo malo, de ADN nacional. Esa cercanía tan característica, usada para fines buenos o malos, el no mirar el reloj a la hora de salir, la creencia de que más tiempo calentando silla es más compromiso, o cargas de trabajo calculadas como quien se chupa el dedo. Eh, que no se nos olvide. Lo de conseguir tratos de favor o ascensos riendo gracias a gente es muy de aquí también. Por ahí afuera debemos renunciar en gran parte a chascarrillos apoyados en la fotocopiadora y con café deplorable de máquina en mano. A cambio (y esto ocurría también en mis colaboraciones en proyectos en el extranjero en el pasado), el entorno laboral está diseñado para no perder el tiempo en sistemas de gestión ineficientes. Se mete pasta en herramientas útiles y la gente se dedica solo a hacer lo que aporta. Nunca trabajé más eficientemente y a la vez con las revoluciones a nivel medio como ahora. Tiene que haber algo fuera de nuestras fronteras que se entiende de manera diferente. Ahora incluso valoro promocionar a otra posición superior (no es que lo persiga con ganas ni nada tampoco), algo que en España sabía que implicaría una pírrica subida salarial y una montaña de reuniones, discusiones y luchas de poder innecesarias.
Para dar un poco de credibilidad a lo que cuento, aporto este enlace, pero buscando un poco, hay infinidad de artículos e informes diciendo lo mismo. Tenemos una rotación muy alta. Y no necesito leer en detalle el texto ni tener un IQ altísimo para saber qué ocurre aquí. Se paga poco (el SMI es el salario más frecuente ya). La cultura empresarial tiende a veces al esclavismo. Se permiten animaladas en materia de subcontratación de servicios como si fueran personal permanente del cliente haciendo que la gente no sepa ni a donde pertenece, y de paso se queme hasta el infinito. Pero lo peor, sin duda, es que a las empresas los departamentos de tecnología les parecen cosas sin importancia y no les importa un bledo que alguien que lleve varios años se canse y se marche. Si todavía fuera gratis, vale, pero no lo es. El coste económico de que alguien con conocimiento se vaya y formar a alguien nuevo es caro. Supongo que el orgullo es más importante que preparar un entorno adecuado y cuidar a la gente.
Total, que día un reclutador me contactó por LinkedIn. Cliente final y extranjero. Investigo un poco la empresa y pintaba bien. Sector industrial, lo mío. Central en Alemania y oficina para perfiles tecnológicos en Madrid, a donde debería acudir unos pocos días al año. No está mal teniendo en cuenta la afición por la modalidad híbrida de dos días presenciales por semana cuando la oficina está en la otra punta del país. Me lanzo a la piscina con el temor de pensar que a lo mejor un entorno ajeno a lo español puede ser todavía más exigente, o que no daría la talla o yo qué sé. Yo y mis inseguridades. Pues todas las entrevistas una maravilla. Mi responsable y la responsable de mi responsable son personas que controlan de temas técnicos también y no están solo para enviar emails o hacer presentaciones. Encima no se ponen mega técnicos. Se centran en que tenga la experiencia necesaria pero además (aquí está el factor diferenciador) que mi manera de ser encaje con la suya. Y ellos encajaban con la mía porque las entrevistas terminaban durando más de lo normal siempre.
Durante este año, sea o no casualidad (que no lo creo) he podido comprobar que es posible que en una empresa se pongan herramientas útiles para trabajar, donde además se avanza en los proyectos, porque están dimensionados con algo de cabeza, donde no hay que hacer la pelota a nadie, tengo libertad para decidir cómo hacer lo que hago y además puedo hacer bromas. Ah, y se respeta el horario de cada uno además de instar a todo el mundo a compensar cualquier hora extra antes de acabar el año. En este lugar en el que trabajo ahora sale más gente porque se jubila que porque se haya hartado y se marche a otro lugar. No es que se puedan comparar salarios de España y Alemania pero comparativamente cobran mejor, y el estado facilita mucho las cosas incluso en temas de maternidad / paternidad. Es por eso que en nuestro país hay tanta rotación. En demasiados lugares se trata a la gente como trozos de carne que pelean durante años para hacerse un hueco y un respeto, y si se marcha tras ser mangoneado, pues todo da igual. Por mucho que esté cansado de escuchar mensajes de consultoras del estilo «carrera profesional» o «retención de talento», todo son patrañas. Luego siempre sucede que talento = el que más partidos de pádel juegue con el jefe (o golf si hay más poder adquisitivo).
Que no se entienda mal. No reniego de mi país. Me gustan más cosas que me disgustan. Lo que ocurre es que ha sido muy cansado moverse tanto por mucho que haya aprendido por el camino y he conocido ya a unos cuantos desalmados estirados. Puede incluso que sea el sector tecnológico, o puede que yo sea una persona con un gusto laboral demasiado refinado. ¿Qué puedo decir? Me gusta hacer las cosas con cariño, ya sea un arroz o el diseño de una aplicación. La sensación de descontrol, prisas, imposiciones sin sentido o cargas de trabajo inhumanas de forma constante son un impedimento para poner ese cariño en las cosas que hago cada día, y nada que se haya hecho en la historia de la humanidad que fuese de provecho ha estado privada de cariño.
Si salen en la tele de vez en cuando casos de fulano o mengano que se fue a Suiza o Noruega y alucina con la diferencia es por algo. No sabemos, por mucho que la tecnológica de turno lo manifieste constantemente, detectar y mantener a las personas que valen, y esto ya no es cosa del Gobierno. Es cosa de mentalidad. De pisarle el cuello a cuanta más gente mejor y trepar al despacho, porque en el fondo de nuestro ADN ibérico hay una tendencia a querer dar a entender al mundo que tenemos un cargo importante que conlleva un salario con más ceros que el resto. Nada de hacer equipos de verdad que duren en el tiempo, que es lo que da poder de verdad. Eso lleva mucho tiempo y aquí somos de mentalidad cortoplacista. Los billetes rápidos. Con todo, no descarto volver en un futuro al mercado español. Eso si mi empresa actual se fuera al traste y si encontrase un lugar en el que se ha, porque ahora mismo, como le digo a todo el mundo, quien me quiera contratar lo tiene muy pero que muy complicado.




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