De vez en cuando está bien aparcar cuestiones filosóficas o incluso psicológicas que suelo tocar aquí, y dar paso a simples pero interesantes historias de la vida. Lo cierto es que pasaba por una etapa en la que, teniendo al menos cuatro artículos a medio hacer, no terminaba de culminar ninguno. Necesitaba un poco de aire fresco y hace poco me tocó mi viaje mensual a Madrid.
La oficina está en plena Gran Vía y evidentemente, viendo un día al mes a mis compadres, no vamos a llevar un táper con ensalada de pasta para comer en la cafetería de la oficina, con que tiramos de la casi infinita oferta que nos otorga el centro de la capital. De normal tiramos de varios sitios que sabemos que son apuesta segura por uno u otro motivo. Pizzaiolo, Puerto Rico o La gloria de la Montera son clásicos que no fallan, pero de vez en cuando se nos da por innovar. La sugerencia era probar un sitio de pasta a unos 7-8 minutos a pie de la oficina, ya en barrio de Malasaña. El lugar se llama «My Pasta My Art». Casi 20k reseñas y un 4,7 de media. Quien quiera que fuera su público, adoraba ese lugar. La cuestión era si nosotros, que buscamos algo tirando a ágil para perder poco tiempo en la hora de comer, pertenecíamos a ese grupo.
Allá que nos fuimos. Techo de color negro con lucecitas a modo de estrellas, mesas de madera, decoración cuidada y poca luz. Atendiendo solo estaba un chico muy fino con pelo muy afro y la chiquilla que parecía ser la que cortaba el bacalao. Esperamos unos pocos minutos y teníamos nuestra mesa al fondo de todo. La chica vino y, primera sorpresa. En vez del habitual ritmo frenético de poner la carta nada más sentarse, nos da una tarjeta a cada uno con una especie de texto o poema, según ella para entrar en ambiente, y de paso pedimos las bebidas. Como había tan poca luz dejé la tarjeta a un lado para leer al terminar. Nosotros solo queriamos comer y volver a trabajar. Al poco viene con la carta de entrantes y vinos, y claro, preguntamos que si podíamos pedir un plato principal y ella nos dice muy pausadamente que hay que despertar los sentidos para conectar con la experiencia de la pasta (o algo del estilo), y entre medias, nos ofreció pan con aceite picante, lo cual aceptamos. Ahí ya empezamos a darnos cuenta de que quizás alguien que quiere hacer una pedida de mano a su prometida sería el público objetivo de aquel lugar. O extranjeros, porque casi todo el mundo hablaba otro idioma. Un inciso: a nuestro lado había cuatro chavales que según fuentes eran rumanos, y uno de ellos hablaba tan alto y de una manera tan forzada haciendo mención de lo increíblemente buena que estaba la pasta (diciendo que era el mejor plato de pasta que había comido en su vida) que por decirlo finamente, nos quedó claro que no había recibido una educación tirando a estricta, si sabemos leer entre líneas.
Superado el trámite de despertar nuestros sentidos, que ya venían afinados nada más entrar por la puerta, llega el momento de la pasta. La carta era un tríptico de madera con tres secciones. Salsa, toppings divididos en tres categorías (proteína, queso y vegetales), y el tipo de pasta. Se podían incluir hasta siete ingredientes, lo cual me parecía una salvajada (previo pago, claro). Entre tanto, Fernando, que tenía una entrevista a las dos y media ya empezaba a impacientarse, así que hicimos nuestros combos (y el que Cristian eligió parece que fue del agrado de la jefa, quien se lo hizo saber con expresión de satisfacción), tras lo cual los platos llegaron con bastante rapidez. Punto positivo. Hay que decir que sin ser el plato de pasta más delicioso que probé en mi vida, tal como afirmaba el estridente mozo de la mesa de al lado, estaba bastante bueno y la ración era razonable.
Llega la hora de pagar, y para culminar, no funcionaba la Pluxee, así que unos eurillos de beneficio fiscal a tomar viento, además de que no fue nada barato. Veintisiete euros por cabeza, nada menos, considerando que hemos tomado unos bollos (que juraría que eran como los que ponen en Mercadona) con aceite y un plato de pasta que estaba bien preparado. Únicamente puedo decir que no éramos el público objetivo. Hemos pagado generosamente por una experiencia sensorial (supuestamente), una bonita decoración y un texto en una tarjetilla. Pero como soy alguien técnico y práctico, y quizás un insensible, no he sido capaz de apreciar el trato exquisito, la personalización del plato de pasta al estilo de bocaterías como Subway y cosillas que sugieren exclusivdad.
No quiero decir con esto que haya sido un palo ni mucho menos. A veces hay que sacar los pies fuera del tiesto y probar. Me ha hecho gracia más que otra cosa y solo he constatado que no estoy hecho para finuras. A mi hay que ponerme un sitio de comida casera, cercanía y sin textos para la preparación de mis sentidos. En ese sentido, es más divertido el Puerto Rico. El dueño es un crack. Mientras te dice alguna elocuencia, ya tiene todo apuntado y en un suspiro estás comiendo. En ese lugar, como en muchos otros siento que pago justo por lo que objetivamente obtengo. Será que no está hecha la miel para la boca del asno (en este caso yo), pero ¿qué puedo decir?, supongo que al menos para comer soy una persona sencilla.
La parte positiva fue como siempre, la compañía. Y por cerrar el círculo de esta historia culinaria, alguien se estará preguntando qué ponía la tarjeta que nos entregó la chica al llegar. Pues ni idea porque todos nos la olvidamos en el restaurante.
Feliz día de la semana en el que estés leyendo estas líneas.




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