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Me atrevería a decir que todos en algún momento hemos desbarrado con planes absurdos a ejecutar en caso de que un día nos tocase un Euromillones. Nada de una Bonoloto ni Lototurf ni nada que suponga unos billetillos para la entrada de un piso o tapar cuatro agujeros. Hablo de pasta gansa para llenar una piscina de monedas como el tío Gilito en la intro de Patoaventuras. Para los gen Z y posteriores, Patoaventuras era una serie animada que se emitía en los 90 protagonizada por los sobrinos del pato Donald y el tío Gilito, que es como el Amancio Ortega de Disney, pero en pato y sin pantalones.

Recuerdo sobre todo estos desbarres cuando trabajaba para una empresa industrial allá por 2008-2012, con mis estimados compañeros a quienes saludo desde aquí si es que me están leyendo. Que si comprar un superdeportivo y llegar pisando a fondo, que si dejar restos biológicos (humanos) en la mesa del jefe, y un sinfín de barbaridades que estoy seguro, ninguno de nosotros habría hecho en caso de ser millonario. Se habla mucho sobre el «y si…» en el caso de que el dinero dejase de ser un limitante. No estar atados a un trabajo para poder llenar la nevera. Nada de ir nervioso a une revisión anual esperando poder obtener un aumento. Recordemos, piscina de monedas de oro. Incluso mi jefe por aquel entonces, a quien le mando otro saludo, decía (no sé si medio en broma) que tener en tus manos un boleto premiado del Euromillones era un marrón porque había que tener mucho cuidado con los pasos a seguir para que nadie se adueñase del premio, haciendo que todo pareciese una maldición más que un premio.

El mayor problema (supongo, porque para quien no lo sepa, no soy millonario) es cómo ese cambio de estatus afectaría en el entorno de la persona agraciada, y puestos a subir las apuestas, que es a lo que quiero dedicar el tiempo hoy, cómo cambiaría la persona agraciada. Es por supuesto, una idea sobre la que mucha gente anónima o famosa se ha encargado de opinar y dar su visión, y esta visión suele ser que el poder o la riqueza no cambia a las personas, sino que hace que salga su verdadero ser. Esto quiere decir, por supuesto, que en lo referente a las personas en general, vivimos como en una especie de obra de teatro. Cuando asumimos que nuestros actos tendrían ciertas consecuencias, como que nos cortamos un poco, por mucho que en nuestra mente, detrás de los limitadores que impone la sociedad o nosotros mismos, haya ideas incendiarias. Esto, naturalmente, no aplica a quienes tengan alguna peculiaridad (no quiero llamarlo trastorno) del espectro autista. Estas personas en gran parte, van por ahí con el módulo de ironía apagado y los limitadores levantados permanentemente, algo que puede sugerir que quizás esto pueda suponer un paso evolutivo. Eso con un café, y tras haberme documentado, lo desarrollo otro día.

Para el resto de la población, que tenemos un fondo ahí escondido (que no tiene que ser malo necesariamente) solo hay dos maneras mediante las cuales ese fondo queda al descubierto, a mi entender. Cuando algo malo nos ocurre y observamos cómo reacciona el resto de gente, y por supuesto, cuando se otorga poder, dinero o cualquier elemento que convierta a un humano normal en alguien con privilegios. Con esta idea en mente, siendo conscientes de que de un modo u otro fingimos cuando salimos de casa y charlamos con cualquiera (por aquello de la compostura social) la pregunta sería ¿Qué cambios se producen entonces en quien se encuentra que tiene algo parecido al guantelete con las piedras del infinito en su mano? Pues eso va a depender de lo que haya debajo de la máscara de cada uno, y para comprobarlo no es necesario hablar de la lotería. Basta con obtener una subida salarial importante, un nuevo puesto de responsabilidad, entrar en esa empresa soñada a a trabajar o lo que sea que pueda suponer una mejora sustancial.

No puedo evitar que me venga a la cabeza un caso que ilustra algo similar a salir del armario pero aplicado a que alguien de repente vea que tiene posibilidades de tener poder en un entorno corporativo (porque estaba aparentemente respaldado por los que cortaban el bacalao), terminando por demostrar maneras propias de un verdadero Mariscal. Lo que viene siendo justamente el camino opuesto para que al menos yo llegue a admirar a cualquier persona. Por no enrollarme, era parte de un equipo de subcontratados en un cliente muy grande. El jefe del equipo, como era lógico, trabajaba para el cliente, y todo parecía ir relativamente normal. Pero pronto hubo movimientos, pequeñas tretas para mover hilos aquí y allá, y el más veterano de los subcontratados pasó a ocupar el puesto del jefe y éste pues se dedicó a hacer otras cosas.

El escenario entonces pasó a ser que alguien que ni trabajaba para el cliente, de un día para otro llevaba un equipo de otros subcontratados (con los intereses que eso podría suponer para la empresa para la que trabajaba esta persona), incluyendo temas presupuestarios del propio cliente y negociaciones con directores de las demás empresas externas en relación a las tarifas de cada empleado. No quiero meterme en las líneas rojas morales o de otro tipo que este tipo de acciones supone. Simplemente mencionar que cuando todo estaba empezando, tenía a esta persona por alguien en quien confiar porque ayudaba a los demás. Con el cambio de responsabilidad, los discursos eran más patrióticos a nivel corporativo que los que cualquier interno podría tener. Se destapó entonces algo que estaba ahí oculto, debajo de la amabilidad y el sentido de equipo, que estaba orientado única y exclusivamente a hacer el salto que muchos perseguían intentando poner un pie en la pared demostrando ser merecedor de un auténtico trono de hierro. Lo que no consideraba era que el proyecto hacía aguas desde el principio de los tiempos y su destino terminó por separarse de aquel entorno un tiempo después de que yo me buscase la vida en otro lado.

El fondo del asunto es que el dinero o el prestigio se pueden considerar una especie de prueba. Destapa lo que somos en realidad cuando muchos piensan que al alcanzar cierto nivel de bienestar o riqueza la gente cambia. Simplemente se levantan los limitadores pensando que no hay necesidad de fingir más, y que da lo mismo a quién le importe o quien se pueda sentir ofendido. De esta manera, quien tenga un fondo justo, empleará probablemente esa posición de influencia o poder para ayudar. El que sea avaricioso seguramente se dedique a fustigar a quienes le rodea para conseguir más todavía, y quien haya crecido con puro resentimiento creyendo que el mundo está en su contra, muy probablemente haría un papel digno como villano de cualquier película. Lo bueno y lo malo de esta reflexión es que no hay manera de evitar lo inevitable. Probablemente tengamos una idea aproximada de cómo es cada compañero de trabajo o conocido. De qué pie cojea, para que se entienda. Sin duda, esas pequeñas cosas que atisbamos en cada uno de ellos y que pueden chirriar sutilmente se convertirían en su bandera en caso de que un día le sonriese la «fortuna».

Nos vemos en la siguiente.

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