Tiempo de lectura: 5 minutos
Escucha este artículo
0
(0)

La última fue un tanto dura. No porque alguien haya lanzado sillas de nuestra sala de eventos como haría cualquier hooligan (cosa que no descarto en un futuro), sino porque fue como una especie de clásica tortura china de esas que incluyen gotas de agua cayendo lenta pero constantemente en la cabeza de la víctima. Cuatro horas de demostración de que existe un organismo político en este universo en miniatura de unas ciento cincuenta viviendas en el que por supuesto, todos los arquetipos de personajes están presentes. Una mayoría que va únicamente a sufrir y a mirar el reloj levantando la mano cuando toca votar, otros que van con su dossier y los números analizados hasta el más mínimo detalle, otros que están permanentemente ofendidos y luego están los que tienen algún tipo de habilidad para liderar las discusiones. Todos estaban allí. Yo fui de esos vecinos genéricos que no lidera ni se queja ni se ofende, y tuve la suerte de sentarme con un vecino que de casualidad descubrí que estaba viendo Frieren como yo, y eso ya compensó parcialmente el sufrimiento.

Había dieciséis puntos, incluyendo los clásicos acerca de aceptación del estado de cuentas o ruegos y preguntas. Y por supuesto, tema de morosos. Este punto suele ser rápido e indoloro pero en esta ocasión, la gestoría invocó al abogado que nos lleva los temas legales y para mi sorpresa y la de todos, se dedicó a contar un par de historias que casi daban para novela corta relacionada con vecinos que empleaban sociedades intermediarias a nombre de las cuales estaba la vivienda, otros en paradero desconocido o en procesos personales conyugales que terminaron por ser los detonantes de la mencionada morosidad. No estuvo mal pero esa parte de la junta fue un auténtico tostón y el abogado al terminar su ponencia cogió el casco de su moto y nos dejó. Quizás fue la parte menos mortal de toda la sesión.

Ha habido una serie puntos relacionados con incidentes que afectaban a la bomba de agua, contadores y demás, algo que está siempre en el candelero y que implica una pasta arreglar, homologación de puerta del garaje, tema de mandos y otras reparaciones de mínimo seis mil euros cada una. Es alucinante que en el contexto de las comunidades de vecinos hasta cosas en principio que no son tecnología alienígena cuestan en teoría un pastizal. Pero no estamos aquí para hablar de pasta, sino para dejar patente que la gente no se puede juntar en grupos numerosos. En ningún caso saldrá nada bien y eso es algo inherente a nuestra naturaleza, ya estemos en el la comunidad de vecinos de la Pantoja o de Cañita Brava. No importa el nivel socioeconómico. El civismo no entiende de ese tipo de consideraciones.

La salsa empezó cuando hablamos acerca de la limpieza de zonas comunes y en concreto de la misma sala en la que se estaba celebrando la junta. Esa sala se puede reservar simplemente solicitándolo y luego cada cual hace su fiesta de cumpleaños, cena o comida con colegas o incluso rituales satánicos (que no han sido expresamente prohibidos aun), siempre hasta las diez de la noche si no recuerdo mal (que es cuando se corta la luz). Sobre esta cuestión llevamos una temporada con la polémica del estado en el que queda la sala cuando determinadas personas hacen uso de la misma. Que si alguien se queda con las llaves y está todo sucio, o la nevera está hecha un asco y otras cosas del estilo. Pues en mi infinita ignorancia y saliéndome del papel de vecino anónimo, y aprovechando que se había acordado contratar una empresa para mantener en orden las zonas comunes, propuse que esa misma empresa, una vez por semana se ocupase de esta misma sala, y así entre todos mantenemos cierto orden. Por motivos que desconozco la idea sonó demasiado inasumible y quedó en agua de borrajas. ¿Qué se acordó al final? Pues atentos. Ni un grupo de amigos de catorce años llegarían a tal punto. Quien haga uso de la sala deberá depositar una fianza de cincuenta euros que solo recuperará cuando entregue las llaves al terminar el día y el presidente que esté en ese momento al cargo verifique que las condiciones de la sala son las correctas.

La cosa quedó así , pero me juego un dedo de un pie a que las consideraciones personales de cada uno terminarán por dinamitar este sesudo procedimiento. ¿Cuánto es el nivel de limpieza? ¿Un pequeño papel que quede por ahí en una esquina es motivo de pérdida de fianza? ¿Cómo de negro debe quedar el dedo en caso de pasarlo por el suelo? ¿A qué se destinará el dinero de las fianzas perdidas? Definitivamente el desastre está garantizado, pero conmigo no irá la cosa porque viendo el nivel con el que contamos, paso de hacer uso de la sala. En el fondo, como mucha gente pensará como yo, el uso descenderá solo por no meterse en el embolao del depósito, el juicio/comprobación posterior y toda esa burocracia innecesaria. Gracias, vecinos.

Por supuesto, el frente de los que acudieron con su dossier y las cuentas calculadas tuvieron su momento para hablar de las comisiones que nos cobra el banco, los gastos excesivos de luz o gas, la calefacción, agua y cualquier suministro en general. En esto se nos fue tranquilamente una hora casi. Luego también hubo una charla muy enriquecedora relacionada con cómo hacer para que quien no viva en el vecindario pero compre o alquile un garaje o trastero no pueda entrar más que a su propiedad y no a zonas comunes. Como era de esperar, hubo propuestas de todo tipo. Que si darles llaves específicas. Que si cambiar cerraduras de todas las zonas comunes. Nada que se hubiese analizado un poco, naturalmente. No hay forma humana debido a la ubicación de los garajes y trasteros que impida que alguien vaya a donde le de la gana. Tampoco es que esto sea el pentágono. Se puede hasta cierto punto controlar pero si alguien quiere entrar, lo hará.

Y llegamos, amigos, a la parte que más me gusta que son las tropelías. Tropelías de garaje concretamente. Resulta que los trasteros no cuentan con un contador individual vinculado al propietario de la vivienda, y todo va a la cuenta común de la comunidad. Así que con eso, algún que otro ingeniero decidió meter en el trastero un arcón. Naturalmente, al no haber enchufes, han tenido que meter un apaño en la bombilla para desviar la corriente, y tenerlo encendido día y noche. Unos huevos como melones. Y por si fuera poco, otro de nuestros queridos vecinos decidió hacer lo propio con su coche eléctrico. Una maravilla en concepto de convivencia y ética.

La conclusión es sencilla. Vivir en una casa tendrá sus cosas. Más gasto, tiempo en mantener las cosas y todo lo que uno quiera. Pero el dolor de aguantar cosas como estas es algo complicado de superar. Al menos en España, con nuestra capacidad imaginativa, no siempre empleada para cosas útiles (más bien para lo contrario), meter en el contexto que sea a un puñado de personas con sus rarezas y niveles de perfeccionismo hacen que la serie más famosa en nuestro país sobre una comunidad de vecinos parezca un chiste al lado de las cosas que ocurren en realidad. Lo digo siempre. No estamos listos para la excesiva sociabilización. Preferiría pagar a un externo por gestionarlo todo, una app para votar desde el móvil o a través de una carta para quien no tenga la posibilidad y chao. Todo en remoto, democráticamente y de forma ágil. No sé quién piensa que estas sesiones valen para otra cosa que no sea generar ganas de irse a vivir a otro sitio en el medio del bosque.

Esperad, que creo que tengo una alerta de un nuevo terreno a la venta en Fotocasa. Igual tengo suerte y encuentro una vía de escape. Chao.

Valora este artículo

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

No hay valoraciones todavía. Sé el primero en puntuar.