Por mucho que pueda sonar a simplificación cuñadil de la realidad, lo que traigo hoy es fruto de los estudios del gran Aristóteles. Alguien que no estaba influenciado por chorradas en redes o por cualquier tipo de distracción de las que tenemos hoy. En su obra «Ética a Nicómano», se dedicó a clasificar a los colegas en función de la forma en la que nos relacionamos con ellos (y los motivos por los cuales lo hacemos), y tras leer sobre este tema en particular, diría que los puntos han empezado a conectar cuando pienso en por qué mi relación con éste o aquel es de una manera y no de otra. Da respuesta a por qué la evolución de ciertas relaciones no tiene nada que ver la una con la otra. Como si se tratase de ponerle pegatinas de colores a cada persona que conocemos, el archiconocido filósofo se atrevió a explica cómo funciona cada tipo de relación. Pensándolo bien, me vienen a la mente unos cuantos de cada tipo, y si lo piensas un poco, te pasará lo mismo.
Los amigos de utilidad
Si tuviera que poner medalla de bronce, plata y oro a estos tipos de amistades, esta sería la de bronce obviamente. Son conocidos con quienes tenemos contacto única y exclusivamente porque no queda otro remedio y es parte de la mecánica de nuestro día a día. A no ser que vivas en una cueva y solamente salgas a cazar por el bosque, al menos tendrás unos cuantos de estos. Se caracterizan porque la relación existente se fundamenta en una especie de intercambio funcional y necesario, lo que se puede traducir en «ya que tenemos que vernos las caras, pues vamos a ponerle un poco de ganas y mantener la cordialidad«.
Aquí entran compañeros de trabajo con los que hablamos del tiempo o de temas puramente triviales, jefes, gente que vemos en el parque lo queramos o no, la panadera o los vecinos que te cruzas cada día en el portal. Sin considerar que empezando en esta categoría se pueda evolucionar a la plata o incluso al oro, este tipo de relaciones son muy débiles. Si la circunstancia que provoca la interacción desaparece (cambio de trabajo, ciudad, piso o alguna alteración en las rutinas), esa relación no es que se muera, pero no habrá interacción a no ser que el destino se encargue de hacernos coincidir otra vez de una u otra manera. Dicho de otra forma, estos son los contactos de garrafón. Hay tolerancia o incluso cierta complicidad pero tampoco piensas en tomarte unas cañas con ellos un viernes por la tarde (a no ser que las cañas formen parte del ritual puramente funcional, claro).
Los amigos por placer
Aviso, no he puesto yo el nombre. Quejas al filósofo o a quien se ha encargado de la adaptación al castellano. No se puede decir tampoco que en España seamos los máximos expertos en hacer traducciones que suenen especialmente bien. Los amigos por placer son en esencia, esos con los que compartimos alguna afición y a quienes podemos transmitir algunas ideas con cierto grado de profundidad, y eso ya los hace un poco más especiales. Una afición común ya tiene más fuerza que el simple hecho de coincidir en ciertos lugares. Las conversaciones son más específicas, y quizás una caña a propósito con esta persona no sería mala idea después de todo.
Por poner un ejemplo, uno de mis contactos de utilidad ya tiene una medalla más plateada que bronceada porque durante uno de los muchos cumpleaños en los que coincidimos, empezamos a hablar de música, películas y libros. Pues descubrí que a este hombre le gustan entre otras cosas, las lecturas que tienen un aire a fumada. Nada de literatura convencional en la que el autor se esmera en explicar todos los detalles y mecánica del mundo y los diálogos parecen estar hecho por adolescentes. Sin ser yo una lumbrera, ni mucho menos, me gustan las historias en las que no tienes ni papa de lo que ocurre. Por eso de sentirme un poco más listo.
Tampoco es que nos veamos de manera intencionada (por ahora), pero al menos la literatura poco convencional y alguna que otra serie peculiar hace que tengamos conversaciones un poco más elaboradas que comentar lo que han hecho nuestros hijos, el calor que hace o lo que falta para las vacaciones de verano.
Los amigos de virtud
Ya el nombre es elegante. Llegamos al primer puesto. Medalla de oro. El colectivo de lejos más escaso pero más enriquecedor, como pasa con absolutamente todo lo que es escaso. Personas con las que conectamos de verdad y además respetamos o incluso admiramos. No tienen por qué tener un estatus superior, ser mayores o ser celebridades influyentes. Puede ser cualquiera que tenga ciertas características que consideremos de gran valor porque conectamos con ellas. En el fondo implica que esa persona tenga ciertos patrones o ideas como las nuestras que pertenecen a otra categoría distinta a la afinidad por la ciencia ficción. De ahí que sea un colectivo tan pequeño. Supongo que es el grupo que se puede contar a lo sumo con los dedos de una mano.
Lo curioso de esta relación es que quizás las cañas no sean lo más importante. Con tener conversaciones de vez en cuando sin filtros ni tapujos como si se tratase de un psicoterapeuta, la recompensa está garantizada.
Sin contar a un par de personas con quienes mantengo el contacto desde mi etapa estudiantil, y con quienes siempre es un placer conversar o quedar, contaré el caso de la última incorporación al cajón más alto del podio. Una vez, como ya he contado, trabajé para una empresa de producto. En mi equipo éramos cuatro y uno de los miembros era un becario. Simplemente coincidimos unos pocos meses porque ni él ni yo encajamos en aquella empresa y al menos a mí me cortaron el grifo (un gran día por cierto). El tema es que siendo él más joven que yo (para derribar mitos sobre barreras generacionales), un poco también empezamos a tener charlas sobre novelas, y la vida en general. Nunca nos hemos visto en persona pero sabemos que si un viernes o sábado noche nos instamos a tener una charla, podemos estar un buen rato, y al igual que pasa con el resto de los contactos de virtud, sé que si por lo que sea pasan unos años y luego hablamos de nuevo, sería como si no hubiese pasado el tiempo. Creo que esto es uno de los síntomas más claros de que alguien tiene la medalla de oro.
El mensaje
Como dicen, hay muchos peces en el mar. 8.300 millones somos ahora mismo, y a pesar de ese número y como ya comenté, no estamos preparados mentalmente para tener tantos amigos como las redes sociales nos quieren hacer creer. Encima, a veces nos agobiamos porque alguien sin saber por qué nos dice algo o hace algo que nos sienta mal. Como decía Keanu Reeves, cuando esto ocurre, esta persona nos está haciendo un favor, porque habiéndolo tachado de la lista, habrá todavía más de 8.000 millones de personas por ahí que estadísticamente terminarán en la plata y en menor medida, en el oro. Sin duda, es la mejor ventaja de la superpoblación. Que no ocurra nada porque alguien se caiga del podio. Rebuscando por ahí como hacemos en las pilas de ropa del Primark, a veces aparece algo que nos encaja como un guante.
Ahora, a poner etiquetas. Nos vemos.




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