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Menudo momento para hablar de un tema tan trivial como los cromos de la selección española. Tenía pensado comentarlo de todas maneras, y vaya por delante que no soy un forofo del fútbol ni mucho menos. Mi cultura en este ámbito es de bajo cero. Únicamente sigo los mundiales porque al menos hay un criterio para que un jugador pueda pertenecer al equipo en el que juega y ese aire empresarial de fichajes millonarios y de vender camisetas está «ligeramente» atenuado. Aun así, no quiero saber cuántas camisetas se van a vender este año (las que ya se vendieron con una estrella y las que ya vienen con dos). Y no me gusta este deporte porque creo que además de que los clubes son como he dicho, empresas, es una disciplina que peca de no tener demasiado honor. Mitad deporte, mitad teatro, leña a muerte (como lo que sucedió en la final le pese a quien le pese) y presiones al árbitro que para mi sorpresa, ahora tienen cierto efecto y puede que las decisiones que éste toma se puedan llegar a rectificar. Una historia, vamos.

Honor aparte, que es un tema muy importante, y motivo por el cual no me muero porque mis chavales se metan en ese mundillo, y habiendo metido la pertinente cuña de actualidad deportiva, vamos a lo que importa. A pesar de mi total falta de interés por el fútbol, cada vez que hay competición deportiva tipo Eurocopa o mundial, en Carrefour venden un álbum que después rellenas con los cromos que te dan en la caja (sobres de dos cada uno) y que en esta casa es poco menos que tradición. Esto es así únicamente porque a mis chavales, que tampoco les interesa el fútbol, les hace gracia ir pegando los cromos de esos chicos de quienes en su mayoría desconocían (y me incluyo) su existencia. Lo mismo aplica al álbum de los Minions.

Con esto, nuestras visitas al Carrefour aumentan considerablemente cada vez que hay evento futbolístico, y de paso volvemos casi siempre con sushi que hacen allí mismo (y que según las encuestas es el mejor sushi hecho en supermercado). La parte complicada viene cuando nos acercamos a la cola donde una voz sintética dice «caja número….» porque ese sorteo determinará el éxito de la misión de recolección de cromos. No siempre es así, pero la política suele ser que cuanto mayor sea la persona (a poder ser, mujer) que atiende en la caja, menor es el nivel de burocracia que lleva a esa persona a seguir las estrictas normas de un sobre por cada veinte o treinta euros de compra (no recuerdo exactamente cuánto era). Que no se entienda mal, las normas están para algo, pero bien sabe Dios que a la que termina el mundial, ya la popularidad de los cromos irá cayendo en picado, y seguro que tienen toneladas de remesas sobrantes por ahí.

Aclarado mi respeto por las normas, diré que de igual manera que en la panadería siempre se llevan los chavales un trozo de pan extra, una piruleta o una bolsa pequeña de guasnitos, dudo que el manager de turno en el Carrefour haga un riguroso control sobre el stock de cromos. Es esta la manera de pensar que tienen en general los cajeros o las cajeras más juniors en la materia. Te dejas cien euros en una compra, te hacen un descuento por saldo acumulado y al ser un importe menor, un sobre menos. Nadie está pensando en el tiempo maravilloso de entretenimiento que se proporciona a los chavales y por lo tanto, de paz para los padres. Pero María Jesús sí que tiene en cuenta este tipo de cosas. En nuestra visita anterior a la de la joven chica que siguió las normas a rajatabla nos tocó la caja 1. Pintaba bien. Una mujer con experiencia en la vida y conocedora del trabajo que implica criar a las fieras porque probablemente haya pasado por lo mismo. Y no solo metió la mano en la caja de cromos cogiendo un puñado sin miramientos, sino que nos recordó que podíamos llevarnos un segundo bote de aftersun porque había una promo y nos explicó que podíamos pagar parte en efectivo y parte con tarjeta.

Con esto no quiero desmerecer a la chica que siguió las normas estrictamente, pero confieso que como cliente y como padre, Chus estuvo en un nivel superior, y no porque le suceda lo mismo que a mucha gente mayor, que pasa de todo ampliamente. Nos orientó, ayudó y asesoró. Por otro lado, pasó del recuento de sobrecillos por importe gastado. Balance total, cinco estrellas que no puedo, desgraciadamente, dárselas a Chus directamente.

Hago esta comparativa en relación a la generosidad con los cromos precisamente porque no vivimos en Oslo (por poner un ejemplo de lugar muy europeo). España es un tanto peculiar. El sur nos hace algo diferentes y tenemos esa imaginación y picaresca que es tan mala en determinadas situaciones (por eso en Correos los bolígrafos están atados a un cordón) pero tan maravillosa en otras. En Oslo los clientes hubiesen probablemente devuelto un sobre de cromos si por error la cajera hubiese hecho mal las cuentas, y eso es porque son rectos y extremadamente honestos, algo que es muy conveniente en otros entornos. Por poner un ejemplo, en el laboral. Actualmente trabajo con gente muy europea y es una maravilla ir al grano con todo muy organizado. Jamás he perdido menos tiempo en procedimientos absurdos como ahora. Pero cuando tengo que ir al Carrefour voy en España, y nuevamente, sin criticar a los chavales jóvenes, aprecio ese enfoque en lo importante solo a costa de incurrir en un coste ínfimo para una rempesa tan grande como el famoso supermercado francés.

Hablando de todo un poco, ahora que ha acabado el mundial, no tengo claro si habiendo ganado, seguirán repartiendo, pero puede que caiga una visitilla, a ver si Chus anda por allí.

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