Alucina, vecina. Hay veces que leo únicamente los títulos de mis publicaciones y no se sienten como algo especialmente culto. Como decía aquel líder de equipo que tuve hace un par de años a quien respeto y admiro, pueden ser considerados incluso provocativos. Pero soy un hombre de ciencia (no solo de ciencia, claro está), y los asuntos relacionados con cómo funciona el universo, el planeta o las personas no dejan de fascinarme.
Todo este asunto del interés por la neurodivergencia y lo que me llevó a leer algún que otro articulo científico empezó, como cualquier otra cosa, con algo mundano. Tengo una prima política que vive fuera de España y a quien conocí hará unos veinte años. El recuerdo que mi yo de entonces tiene de ella es un poco vago, pero recuerdo que no era exactamente igual en términos de comportamiento al resto. Por supuesto, no digo malo, sino algo distinto. Obviamente, mi yo de entonces era un ignorante y no se paró a darle vueltas al asunto. Pasaron esos veinte años y como suele pasar en muchas familias, de vez en cuando hay reencuentros (lo cual es estupendo, porque es como encontrar algo que habías olvidado en un cajón de la mesilla). Comimos juntos y fuimos por ahí con los chavales a hacer un poco de turismo local. Un día estupendo y maravilloso, y encima hizo sol.
Hablando con esta prima, y con la cabeza un poco más puesta en temas relacionados con la psicología y temas de neurodivergencia (ya se sabe, esas configuraciones neuronales que no están en el centro de la campana de Gauss, pero que cada vez son más habituales), escuchaba atentamente como narraba ciertas experiencias y cómo todas ellas las interpretaba sobre todo, desde el lado pragmático, y muy poco desde el lado «romántico» o «emocional». Por poner un ejemplo que nada tiene que ver con este caso: Quienes cogen el coche cada domingo y chupan carretera para ir a comer con sus padres o suegros cuando preferirían estar antes pintando el garaje de su casa, están haciendo las cosas por rutina o por «inercia emocional». Este término no sé si existe pero quizás deba patentarlo en caso de que no. Pues ese ritual de los domingos no está siendo entendido desde el punto de vista práctico, porque hacer eso en nuestra sociedad puede ser considerado egoísmo, mala educación o poco respeto o amor por los padres.
Este tipo de situaciones en las que sentimos que hacemos algo por puro compromiso o por mantener en pie un tinglado que tememos derrumbar por las posibles consecuencias es el tipo de situación que muchas personas neurodivergentes afrontarían de otra manera. Lo mismo aplica para asuntos relacionados con el lenguaje y las ironías, el sarcasmo o los dobles sentidos. Las personas que tienen una manera distinta de procesar los estímulos (y aquí nos metemos en grados dentro del espectro autista) son muy literales. Nada de juegos de palabras ni digo si pero quiero decir que no. Al pan, pan y al vino, vino. Por supuesto, y relacionado con el tema del tinglado, estas personas no entienden de tinglados y les tira de un pie que se derrumben las muchas veces arcaicas torres de naipes que se construyen en entornos familiares o sociales, digamos, viciados.
Ahora que las piezas están sobre la mesa, puedo comentar que la extensísima charla de sobremesa el día de la visita me hizo pensar mucho acerca del reparo que siempre he tenido a la hora de soltar por la boca en el entorno familiar (ascendente) lo que realmente sentía, obviamente por temor a discusiones e incomodidades. Con el tiempo y no sin esfuerzo, me he ido convenciendo de que regular en exceso lo que se dice es un problema. No para quienes lo hacen de manera casi profesional, claro. Esto es, los que tiran más hacia la psicopatía o el narcisismo, que hacen de su fachada cambiante y dependiente del contexto su modo de abrirse paso, y de paso, aliviar sus enormes carencias internas. Este grupo sería, por así decirlo, las antípodas de alguien con cierto grado de autismo (Asperger por ejemplo). Unos llevan puesta una máscara siempre y los otros son vistos como bichos raros por parte de los llamados neurotípicos (gente «normal») porque para bien o para mal, lo que ves es exactamente lo que hay, y eso, por raro que parezca, no siempre termina de gustar.
Cuando hablaba de la campana de Gauss antes y de que quizás se estuviese ensanchando un poco me refería a que en apariencia hay cada vez más casos. Ya sea porque realmente nacen más personas con configuraciones neuronales distintas o porque los diagnósticos se han relajado un poco y por eso ahora es más sencillo que más gente caiga en esta categoría. Ya se sabe, ahora incluso lo más insignificante tiene su etiqueta. Puede parecer que el segundo punto sea lo que más sentido tiene pero como siempre, la ciencia nos da a veces en la cara. Habrá muchos artículos o papers al respecto, pero en mi caso he leído este. Para quienes no quieran leer el rollo, lo que se explica es que en un organismo que con el paso del tiempo va sufriendo mutaciones, éstas se suelen dar en aquel tipo de célula o parte de las células que son minoritarias, porque de hacerlo en aquellas más abundantes, sería algo demasiado dañino para el ser vivo. En lo referente a los humanos, se ha detectado que cierto tipo de célula encargada de la comunicación entre distintas partes del neocórtex (encargada de factores cognitivos avanzados y poco abundante) es la que, en el terreno de lo neurológico ha sufrido más cambios en los últimos tiempos. Este cambio, unido a la menor presencia cada vez de genes enfocados en la supresión del autismo hacen pensar que, ya sea por pura evolución humana o como consecuencia del entorno (poco adecuado) en el que vivimos a nivel social, todo parece indicar que la balanza se inclina sutilmente hacia lo que hoy es neurodivergencia.
No quería tratar este asunto como si fuese un hecho comparable a otros pasos evolutivos como los que dieron lugar al Homo Sapiens, o la pérdida gradual de la muela del juicio, pero a lo mejor en el futuro terminan por publicarse papers que lo confirmen. Las mentes neurodivergentes puede que no sean las mejores en una gala benéfica saludando con una sonrisa a decenas de personas que no soportamos, pero en función del grado pueden conservar facultades sociales básicas y a cambio una predilección (u obsesión) por temas específicos que permiten progresar de maneras que los neurotípicos no comprenderían. Se trata, por supuesto, de quitar de un lado para meter en el otro. Nada de pensar en lo que pensará el otro. Nada de tejer tramas pensando en hacer la pelota a este para después obtener un beneficio en varios años. Nada de escuchar impasible como tus padres se meten en temas de educación de tus hijos o te llevan la contraria solo por mantener la paz familiar. Quienes tienen atenuadas o inhabilitadas sus funciones de bien-quedar no negocian con terroristas, por decirlo finamente.
No diría que aquel día de reencuentro familiar hubiese sido como una aparición de la Virgen, ni una gran revelación. Sin embargo fue muy enriquecedor o incluso inspirador pensar que quizás podría actuar un poco más así. Las cosas claras y el chocolate, por supuesto, espeso. Quizás todo sería más sencillo si todos tendiésemos un poco más a la neurodivergencia. Quizás la neurodivergencia sea la futura normalidad. No habría lugar para los bienquedas. No habría eventos absurdos en ciertas empresas solo para rascar espaldas y comer pinchos. Incluso existiría la meritocracia. Se aplicaría un sentido práctico a absolutamente todo. Encima se ahorraría toda esa energía que hoy desperdiciamos estando donde no queremos o aguantando cosas que no deberíamos.
No sé si alegrarme o asustarme de que todo esto que digo me parece de lo más normal. No sabría decir si es por la edad o porque quizás tengo cada vez más limitadores levantados, y aunque me gusta conocer a gente (auténtica a poder ser), tampoco me muero por eventos sociales. Quizás muchos no seamos tan neurotípicos como dicen los números, y estoy bastante seguro de que eso no es mala cosa.




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