Érase una vez (hace tiempo que quería emprezar así), un terreno. Era el lugar al lado de las casas de mis tíos-abuelos donde jugaba con mis primos y otros chavales del barrio cuando era un enano. Un lugar en el que por aquel entonces no significaba referencias catastrales, básicamente porque no sabía lo que era tal cosa. Allí andábamos con las bicis, echábamos pachangas o simplemente nos metíamos debajo de un árbol cuando hacía calor. También tenía (y aun tiene) una zona llena de enormes piedras por las que trepánbamos muchas veces y jugábamos con las escopetas de balines. En aquella época no podía ni imaginar la de cosas que pasarían en el futuro con ese lugar, que parece generar siempre algún tipo de conflicto a su alrededor como si debajo hubiese un cementerio de antiguos habitantes de la zona y se manifestasen a través del propio terreno. Llamábamos a ese sitio «la pista». Exactamente el mismo concepto que donde juegan Nobita y sus colegas al baseball.
La primera cosa negativa que recuerdo de ese lugar fue cuando un día mi primo tiró una piedra y fue a teminar en la parte de atrás de mi cabeza. Aquel día sangré bastante, y quizás fue entonces cuando me quedé medio tonto, así como estoy ahora, pero aquello era solo el comienzo de la historia que conozco. Con el tiempo, mis padres quisieron dar el salto a hacer una casa y salir del piso de menos de 80 metros en el que vivíamos, y compraron ese terreno, compuesto de tres referencias catastrales y con una vía de paso a casa de mis tíos desde el camino asfaltado, la cual fue, por supuesto, motivo de discusión. Mi tío tenía un taller mecánico y frecuentemente reparaban camiones de bomberos que dejaban aparcados allí, y mi madre, intentando vender favores que no existían, decía que ellos abusaban de esa vía de paso que ella tan amablemente les cedía (típico). A día de hoy, ese lugar está igual que hace treinta años, como punto a tener en cuenta.
El tiempo siguió pasando, y las puyas y comentarios sin sentido por parte de mi madre siguieron deteriorando lo que yo consideraba harmonía familiar. Rollo Falcon Crest pero a lo cutre. Decidieron poner un cierre a mil quinientos metros cuadrados del terreno (una de las dos partes, conformada por dos referencias catastrales) ya con intención de prepararlo todo para construir ahí la casa. En este punto de la historia es cuando ya toda esa harmonía terminó por derrumbarse. No puedo más que usar a día de hoy la lógica porque entonces no tenía manera de verificar quién mentía y quién no (aunque hoy lo tengo bastante claro), pero el caso es que hubo supuestas denuncias por parte de otra tía mía, motivo por el cual la casa no se podía construir (por temas relacionados con dejar márgenes con una antigua granja que mis tíos tenían). Así, el terreno, con un cierre de piedra majo, un portalón, un pozo de agua y unos cuantos árboles frutales quedó únicamente para dar trabajo segando la hierba, recoger algo de fruta o lavar el coche.
Después de este proyecto fallido por causas aun sin esclarecer del todo, surgió un proyecto de un centro comercial por la zona (este lugar hoy es un barrio a las afueras de la ciudad), y muchas parcelas del barrio se verían afectadas para hacer accesos y otros elementos asociados al proyecto, con lo que durante mucho tiempo, la empresa promotora mantuvo conversaciones con los vecinos para negociar la compra de sus terrenos. Aquí había naturalmente posibilidad de canjear por pisos en bloques de viviendas que se esperaban construir, con lo que las mesas de negociaciones estaban calentitas. Parecia la muerte anunciada de aquel terreno antes de que la soñada casa tomase forma, así que mis padres, como cualquiera haría, intentaron sacar lo máximo posible, aunque no contaban con lo que vendría después. Mientras mis padres se hacían los difíciles (aunque esto era cosa de mi madre seguro), muchos de los vecinos vendieron y/o se buscaron un piso o casa en otro lugar (incluidos mis tíos-abuelos que allí vivían). Esto ya de por sí, generó más fricciones entre la familia porque unos decidieron vender y otros no (o eso es la versión simplificada que conozco y de la cual no quiero saber más). Todo parecía de cara. Estirar la cuerda, sacrificar los terrenos a cambio de un pastizal y hacer la casa en otro lugar. Pero entonces, ya empezaba a asomar por la esquina el siguiente escollo.
Antes de que se pudiese formalizar la gran venta, pasó algo insólito. El plan urbanístico de la ciudad se cayó, y entró en vigor el anterior, que si mal no recuerdo es del año 86. Con este nuevo-viejo plan, toda la zona afectada pasó de urbalizable a rural. El proyecto del centro comercial se esfumó, pero quienes ya habían vendido sin ser variciosos pudieron sacar provecho de la situación. Quienes no quisieron vender o estaban tratando de sacar el máximo de pasta, se quedaron con una mano delante y otra detrás con tierras que pasaron a valer una porquería con el único consuelo de que un día el plan urbanístico se restaurase y se pudiese construir y por lo tanto vender a mejor precio.
En esta etapa no me pasaba mucho por el barrio, entre otras cosas porque estaba ocupado con el trabajo o directamente ya no vivía en la ciudad, pero en un momento del tiempo, el cierre de piedra de la finca fue retirado, y poco a poco empezó a ser pasto de las malas hierbas quedando irreconocible, y así permaneció por otra larga temporada. Parecía que únicamente restaba dejar pasar el tiempo y ver qué suecedería con el plan urbanístico.
Mi padre, que era quien más se preocupaba del estado de aquellos terrenos a través de la junta de compensación, falleció, y entramos en el largo y tedioso epsido de la herencia. Como dejar el patrimonio arreglado con gente que no tiene el más mínimo interés y solo sabe quejarse es un dolor, resultó complicado dividir, así que el juzgado lo hizo por todos, atendiendo a la situación de cada uno de los herederos. Ahora pulso el avance rápido en la historia y llegamos al punto en el que se emite un cuaderno particional en el que se me asignan las tres referencias catastrales. Perfecto, en ese instante todo parecía estar igual que antes con la diferencia de que ahora era mi responsabilidad. En este punto ya estamos en enero de este mismo año, y comienza el que debería ser el último capítulo de la historia, pero que cada día estoy más convencido de que no lo será.
Como no me gusta tener cosas en desuso, porque es pagar impuestos tontamente, pensamos en que quizás no sería mala idea que cuando el plan urbanístico se reinstaurase al fin (porque eso debería pasar tarde o temprano) no sería un mal lugar para tener una pequeña segunda residencia. Los metros eran los adecuados y la ubicación es un lugar tranquilo. Pero como pasa en las películas, cuando un enemigo se desvanece, aparece otro. El nuevo enemigo a batir se llama ahora «vial de acceso al hospital».
El lugar donde están los terrenos está ubicado, como dije, a las afueras. Entre una carretera nacional y un barrio de la ciudad en donde está el hospital. Como medida para facilitar la movilidad y el acceso al hospital, se planificó la construcción de un vial de menos de 400 metros (dos carriles en un sentido, uno para el otro, y plazas de aparcamiento). Viendo la zona por Google Maps, la verdad, es que al menos por el lado del hospital, el trazado de la calle pintaba a que en algún momento del tiempo continuaría, y eso es lo que está a punto de suceder. Trazando una línea que tenga sentido, no haga recobecos absurdos y no tire la casa de nadie, el vial se llevaría por delante el 75% de la superficie, dejando el 25% restante en tres trozos bastante poco usables. Por este motivo, ahora mismo la misión es alegar lo que se pueda, averiguar qué se puede hacer y quizás maximizar el precio del metro cuadrado expropiado, porque cuando una obra pública se planifica, es como un elefante llevándose todo por delante y eso deja poco o ningún margen de maniobra.
Ahora, tras haber conocido la historia de este trozo de tierra, que alguien me diga si no está afectado por algún que otro tipo de fuerza oscura. Fuerzas que han impedido que se emplease para construir una casa, y que tan pronto llegó a mis manos se iniciasen los trámites del proyecto para llevarse todo por delante. La parte positiva es que después de todos los giros de guión que acabo de relatar (a saber si en generaciones previas ha habido otros incidentes extraños asociados a ese lugar) tiene pinta de que este es el jefe final a batir, pero en esta ocasión será el ganador y yo me quedaré con unos dinerillos que ya veré en qué empleo. ¿O a caso solo será el inicio de un nuevo capítulo de una historia de un lugar maldito? Espero honestamenete que el demonio de el vial de acceso al hospital me fulmine, y yo encantado aceptaré la derrota y me ocuparé del resto de historias que tengo entre manos, que no son pocas.
No os podéis quejar después de todo. Hoy ha sido una historia de maldiciones. Y creo que si rasco un poco puedo encontrar alguna que otra más.




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